De la tierra salvaje (un cuento de Yukio Mishima)

 

Un día, en la temporada de lluvias, me fui a dormir a las seis de la mañana. Había trabajado durante toda la noche. Cuando estuve a punto de quedarme dormido, me sobresaltó el sonido de la voz de mi padre. Venía del aire acondicionado que se encuentra al lado de mi cama.

        Desde que se empotró ese aparato en la pared de mi cuarto, el ruido de las obras de los vecinos o de los camiones de las campañas electorales a menudo me interrumpen el sueño. No importa la temporada: el aire acondicionado transmite los sonidos de afuera con la eficiencia de un parlante. 

        Mis padres viven con mi familia y conmigo, pero en otra ala de la casa. Como son adultos mayores, suelen levantarse temprano. A veces se despiertan antes de que yo me vaya a dormir. 

         Mi padre le estaba gritando a alguien. 

         —Oiga, ¡deje de hablar! Acá seguimos durmiendo.

         Nadie contestó. 

        Yo estaba medio dormido y ni siquiera sabía la hora. Asumí que alguien de la casa le había pedido a un trabajador, quizás a un carpintero, que hiciera algún arreglo, y que mi padre estaba preocupado de que el ruido no me dejara dormir. Si ese era el caso, habían sido sus palabras la verdadera molestia, pues fueron estas las que me desviaron del sueño a último momento.

         Hubo una pausa de silencio. Las palabras de mi padre debieron haber funcionado. Traté de dormirme otra vez. 

         Las próximas palabras salieron más afiladas que las anteriores. 

         —¡Ey! ¡Ya le dije que se callara! 

        De nuevo, silencio. Oí un sonido similar al que hace un martillo cuando se estrella con un pedazo de madera. Me empecé a molestar. «¡Qué atrevida es la gente!», pensé.

        —Oiga —gritó mi padre—. Si usted sigue golpeando la puerta así, ¡la va a romper! 

      En ese momento comprendí que algo extraño estaba pasando. Como yo duermo durante el día, mi cuarto tiene unas cortinas gruesas que bloquean la luz. Para poder mirar el reloj en la mesa de noche, tuve que acercar mi cara al dial: ya casi iban a ser las siete.

      De repente, oí el grito agudo de un hombre, y los golpes en la puerta se transformaron en un repiqueteo descomunal. El sonido era idéntico a los golpecitos de puerta que se oyen en el teatro kabuki; «¡Abran, abran!». Casi podía ver la violencia del puño, la furia que subía y bajaba. 

        Salté de la cama, me puse mi bata, cogí mi espada de kendo (hecha de roble macizo) y me apresuré al cuarto de mi esposa, a una puerta de distancia. Ella estaba despierta. 

        —Vi una cara —me dijo cuando entré en la habitación.

        En ese instante no supe qué pensar. Corrimos escaleras abajo. El mayordomo y la empleada estaban aterrados. Era probable que mi madre ya hubiera llamado a la policía desde su ala de la casa, pero mi esposa, considerándolo su deber, corrió a la cocina y prendió la luz. Era una mañana lluviosa y la casa estaba a oscuras. 

        —Por favor, señora, no prenda la luz —rogó la empleada—. Puede ser peor.

        Mi esposa marcó el número de la policía, pero la señal estaba ocupada. Mientras tanto, los golpes en la puerta de la cocina cesaron. Eventualmente, una operaria contestó.

        —Ya vamos para allá —aseguró—. Enseguida llegamos. 

        Los golpes se movieron a otra parte de la casa; no podíamos ubicar el lugar exacto. En la quietud de la casa, el único sonido era el de esos porrazos. 

        Corrí de regreso al segundo piso. 

        Eran las ventanas del cuarto de mi esposa las que estaban bajo ataque. Las cortinas estaban cerradas, así que no podía ver a la persona que se encontraba afuera. Como si de repente se hubieran agitado en la luz gris de la madrugada, las robustas ventanas en un rincón de la habitación empezaron a gemir y a crujir y las cortinas de encaje a balancearse y las bisagras de los marcos a doblarse.

     Caminé hacia la ventana, hasta que la impotencia de estar ahí parado sin hacer nada se me hizo insoportable. Bajé de nuevo al primer piso.

        En la cocina, mi esposa y yo susurramos un plan para proteger a los niños. Teníamos que escoger los mejores cuartos, primero para escondernos, luego para huir. 

        Justo en ese momento, desde algún lugar de la casa, oímos una cascada helada de vidrios rotos. 

        —Viene por ti —me dijo mi esposa—. Es mejor que yo mire.

        Tomó la espada de madera de mi mano, se dio la vuelta y se dirigió a las escaleras. 

        —Pero voy a quedar desprotegido —dije—. Voy a buscar otra…

        Subí los peldaños pasándola de lado. Quería coger la espada que estaba en mi estudio.

        Como ya había terminado el trabajo del día, imaginé que el estudio estaba vacío, un espacio sumido en la quietud de la oscuridad. Lo único que tenía que hacer era coger mi arma antes de ir a buscar el cuarto donde habían roto la ventana.

        Empecé a entrar en el estudio, pero me detuve en el vano de la puerta.

      En la esquina detrás de mi mesa vi una cara flotando en la penumbra del cuarto oscurecido por las cortinas.

        Yo sabía dónde estaba mi espada; sin quitarle los ojos de encima a la cara, tanteé el camino hacia ella. Cuando llegué, la cogí, la desenvainé y asumí una postura de combate. Sentí que me calmaba.

       La figura que estaba en el cuarto era un joven alto y emaciado. Llevaba puesta una chaqueta crema. Bajo la luz gris, la cara con la que me miró era de una palidez insoportable, el rostro más fantasmal que he visto en mi vida. Tenía en sus manos un libro verde y pesado, un volumen de mi enciclopedia. Era evidente que lo había tomado de la repisa que está detrás de la mesa. Curiosamente, de repente me sentí aliviado. «¿Esto es todo?», pensé. «¿Otro loco con una obsesión literaria? Ya sé a qué atenerme. No va a pasar nada».

        —¿Usted por qué está acá? —le pregunté, sujetando la espada en mi mano derecha. 

        La cara plomiza del joven estaba tan tensa que parecía que, en cualquier momento, se iba a agrietar y desmoronar. En su mirada, fija e impasible, solo destellaban los ojos, llenos de propósito. Parecían los de un animal que examina su presa. Con una voz temblorosa, anunció: «Un libro. Vine a que me prestara un libro».

        Me dio la impresión de que caminaba en mi dirección, pero era solo su cuerpo, que basculaba, y su mentón, que él había impulsado hacia adelante.

        —¡Quiero que diga la verdad! —me dijo, con más gravedad. 

        —¿La verdad de qué? No entiendo de qué me está hablando.

        El joven respiraba con dificultad, jadeaba, pero aun así repetía las palabras, mecánicamente. 

        —Por favor diga la verdad.

        Yo no sabía de qué me hablaba. Me esforcé por mantener la calma.

        —Claro —dije, para ganar algo de tiempo—. Me comprometo a decir toda la verdad.

        En ese instante, alguien sacudió mi hombro. Un policía pasó a mí lado, empujándome, y entró en el estudio. Otros dos policías lo siguieron. Los tres rodearon al joven.

        —¡Por favor diga la verdad! —gritó una vez más, como en un delirio febril.

        —Bueno —dijo uno de los policías—. Vamos y hablamos en algún lugar tranquilo.

        El joven, escoltado por dos de los policías, salió sin oponer resistencia. El tercer policía tomó de sus manos el volumen de la enciclopedia verde y salió del cuarto cargándolo. Noté una salpicadura de sangre en el lomo del libro. 

        Con una dosis de ingenuidad, asumí que la Policía realmente pretendía sentar al joven y convencerlo de que tuviera una charla tranquila conmigo. Pero, a pocos pasos de la puerta de la cocina, uno de los policías de repente lo empujó por la espalda para sacarlo de la casa. El joven no se dejó y ahí mismo los tres le cayeron encima y lo arrastraron afuera. Fue una impresionante exhibición de acciones coordinadas. Estaban claramente familiarizados con las técnicas que usaron para sujetarle los brazos y oprimirle los hombros. El joven, de todas formas, no dejó de hacer un esfuerzo para mirar hacia atrás, con tal intensidad que pensé que se iba a desnucar. No recuerdo la expresión que hizo en ese momento. Pero tengo la sensación de que no hubiera soportado mirarla de frente. 

        —Mishima-san, Mishima-san…

        Una eternidad transcurrió antes de que sus alaridos dejaran de retumbar en mis oídos. 

 

Lo que acabo de relatar es lo que presencié del incidente con mis propios ojos. A continuación, voy a intentar poner mi versión de los hechos en el contexto de lo que recuerdan mi esposa y mis padres. 

       La primera persona que vio al intruso fue mi madre. Ella se había levantado antes de lo normal porque tenía planeado salir a hacer una diligencia. Usualmente, ella entra en la cocina, donde su trajín pronto hace que la empleada salga de la cama. Pero esa mañana, aún medio dormida, notó que una sombra titilaba en la pequeña ventana de la puerta principal.

        Ella se acercó y puso un ojo en la mirilla. Un hombre estaba jalando la puerta del cobertizo. 

        Como seguía adormilada, a mi madre se le olvidó que los dos portones de la propiedad (el delantero y el trasero) todavía estaban cerrados con llave. No se le ocurrió que, a esa hora, nadie tendría por qué estar dando vueltas alrededor de la casa. En cambio, asumió que era un trabajador madrugador y, por eso, entreabriendo la puerta, le gritó: «Si está buscando a Mishima, coja a la derecha y vaya a la puerta de la cocina en la parte de atrás».  

        El hombre se volteó y buscó el lugar donde se había originado la voz. Enseguida salió corriendo y se escabulló por la parte trasera de la propiedad.

        En ese momento mi madre se dio cuenta de que los portones seguían bajo llave. 

       Tomó el citófono que está en su ala de la casa y le avisó a la empleada que un señor sospechoso iba hacia donde ella estaba y luego, apresurada, fue a despertar a mi padre. Mi padre saltó de la cama, abrió las persianas para la lluvia y salió al jardín. 

        —¡Ahí no! —gritó ella—. ¡Atrás!

        Entonces la cara del intruso se materializó en la mente de mi madre por primera vez. Estaba segura de que era el mismo joven obsesivo que había aparecido dos o tres veces ese año solicitando una entrevista conmigo, y al que siempre se le había dicho que no. Mi madre se calmó. Si en realidad era él, mi padre se encargaría de pegarle un buen regaño y sacarlo de la casa. 

      Por eso, cuando mi padre de repente apareció en la entrada de la cocina gritando «¡Llamen a la policía!», mi madre entendió la gravedad de la situación y se abalanzó sobre el teléfono. Alguien contestó de inmediato y la sometió a un cuestionario interminable: ¿Dirección? ¿Ruta sugerida? ¿Algún punto de referencia en el camino? ¿Llaves del portón? ¿Situación actual? Y así. 

        Justo antes, mi padre había atravesado el jardín hacia la parte trasera de la casa. Fue allí, en la entrada del camino que lleva a la puerta de la cocina, donde sus gritos me despertaron. Él comprendió que los porrazos del señor iban a terminar por romper la puerta, y por eso le gritó: «¡Oiga, eso es un delito! ¡El problema en el que se va a meter! ¿Es que no le importa?».

        —No. No me importa —respondió el hombre, con una chispa en los ojos.

        —Pero ¿qué quiere? —le dijo mi padre desde la entrada del camino—. Yo le puedo llevar su mensaje a Mishima.

        —Vine a hablar con Mishima-san sobre un problema serio.

        —¿Cuál? Ya le dije, yo le puedo llevar su mensaje.

       —Un mensaje no me sirve. Necesito hablar con él en persona —gritó por encima del hombro, antes de embestir la puerta como un toro, zarandeándola con todas sus fuerzas. 

      Supongo que fue en ese momento cuando mi padre comprendió que no iba a poder contener la violencia de ese hombre a solas, y por eso corrió de regreso adonde mi madre para decirle que llamara a la policía. 

      Al poco tiempo, el hombre abandonó su asedio de la puerta de la cocina y se encaminó al jardín delantero de la casa. Desde ahí me llamó por mi nombre.

        Mi esposa, que ya se había despertado, entreabrió la ventana de su cuarto y vio a un hombre gritando en el jardín. Es probable que el hombre también la viera. Ella reconoció su rostro, y la inquietó que allí estuviera, en la primera luz del día, el mismo joven que había tenido que sacar de la propiedad en más de una ocasión. Dio un paso atrás y cerró la ventana con llave. Fue en ese instante cuando ella me dijo, al ver que yo entraba en su cuarto empuñando mi espada: «Vi un cara». 

        Mientras discutíamos qué hacer en la cocina, el hombre usó los aleros del techo para subirse al muro externo del segundo piso y aporrear la ventana por la que mi esposa se había asomado segundos antes. Como no logró abrirla, caminó sobre la cornisa del tejado hasta llegar a la ventana de mi cuarto. Allí rompió el vidrio con el puño, palpó la parte interior del marco y encontró el pestillo. Entonces corrió de cuarto en cuarto hasta llegar a mi estudio, donde se puso a examinar el volumen de la enciclopedia verde. 

       Luego descubrí que había tomado el volumen IX, que va desde kun hasta kenchi. ¿Qué será lo que estaba buscando? ¿Escogió ese volumen al azar? ¿O será que, en su estado de disociación, ni siquiera se dio cuenta de que había tomado un volumen de una enciclopedia?

        Aún enfrascada en el interminable interrogatorio telefónico con la operadora de la policía, mi madre oyó el ruido de los vidrios rompiéndose en mi cuarto.

       —¡Socorro! ¡Rompieron una ventana! —gritó—. ¡Creo que el señor acaba de entrar a la casa! ¡Por favor vengan rápido!

        Al oír esto, la operadora finalmente colgó. 

        La larga y frustrante llamada había agotado a mi madre. Las patrullas de la Policía suelen demorarse una eternidad en aparecer, pero existía la posibilidad de que la operadora hubiera contactado a la comisaría del barrio, y que alguien llegara en cualquier momento.

      Mi madre estaba tan ansiosa que decidió abrir una sombrilla y salir de la casa en piyama. Afuera lloviznaba. En la esquina giró a la derecha y subió la leve colina hasta llegar al edificio que se encuentra en la cima. Allí vio a un viejo patrullero que conocía de la comisaría del barrio. Él caminaba en su dirección a paso lento, girando su bolillo. Cuando ella gritó que tenía una emergencia, el señor se espabiló y empezó a correr. Mi madre se apuró tras él, de regreso a la casa. 

        Cuando cruzaron el portón delantero, descubrieron que dos policías ya habían llegado en una patrulla.

        Mientras tanto, en la casa, mi esposa estaba siguiéndome por las escaleras al segundo piso cuando la detuvo una serie de golpes en la puerta de la cocina. Enseguida sonó una segunda tanda de golpes, aún más fuertes, y acompañados por una voz que decía: «¡Déjenme entrar!». En medio de la confusión, mi esposa no se percató de que la voz pertenecía a mi padre y asumió que el hombre había salido de la casa. Pero, un minuto después, comprendió su error y abrió la puerta. Los tres policías entraron con mi padre. Se quitaron los abrigos impermeables y, también, educadamente, los zapatos. 

       —No es necesario que se quiten los zapatos —les avisó mi esposa, pero ellos ya los habían puesto cuidado al pie de la puerta. 

        Los tres policías subieron las escaleras al estudio acompañados por mi padre y mi esposa. 

        Creo que mi confrontación con el joven duró menos de un minuto.

 

Treinta o cuarenta minutos después, mi padre y yo llegamos a la comisaría. Nos llevó una patrulla.

        Los policías tomaron nuestras declaraciones en cuartos separados. La diligencia duró casi dos horas, el tiempo suficiente como para que el sol subiera en el cielo: la luz del día se derramaba como la yema de un huevo a través de la ventana escarchada e iluminaba el interior de la habitación. 

        Poco a poco me volví consciente de que había sido víctima de un ultraje; me ayudó que conocía a uno de los policías, un compañero de la academia de kendo. El solo hecho de identificar las acciones del intruso como un crimen y demostrar que constituían un «incidente» supuso escalar una montaña de papeles burocráticos. A mí la demora me tuvo sin cuidado. No sentía lástima, y tampoco me interesaba que un juez mostrara clemencia. La amenaza a mi persona era lo de menos; el intruso había vulnerado el derecho que tiene mi familia de gozar de una vida tranquila. Se merecía que le cayera todo el peso de la ley. Si un juez declaraba que no tenía las facultades mentales para asumir la responsabilidad, una institución psiquiátrica tendría que ofrecerle el tratamiento adecuado para evitar que a futuro se convirtiera en una amenaza para los demás.  

        Habíamos terminado nuestras declaraciones y estábamos tomando un descanso en la oficina cuando un detective solitario entró en la comisaría con el intruso para registrar sus datos. El joven vestía la misma chaqueta crema impecable. Su cara ya no estaba pálida y la mano que había utilizado para romper la ventana había sido vendada. Mientras atravesaba el recinto, entre policías sentados o de pie en sus puestos de trabajo, parecía completamente despreocupado, incluso orgulloso. Cuando nuestras miradas se cruzaron, de su cara había desaparecido el destello de súplica punzante que yo había visto en la casa. Lo que ahora veía era la cara de un desconocido.

        Después de que el joven saliera del recinto, mi padre preguntó por qué llevaba puesto un brazalete rojo.

       Un detective, que al parecer era un cinturón negro, con el cuello enterrado bajo un monte de músculos, contestó: «Hoy por hoy recibimos tantos sospechosos con facciones finas que nos cuesta distinguirlos de la gente de bien. Por eso les ponemos brazaletes. Para reconocerlos». 

 

De regreso a casa, me tomé una siesta de una o dos horas. Esa tarde tenía un compromiso y necesitaba descansar.

     Cuando me desperté, la luz del verano resplandecía en la calle de afuera. La oscura y lluviosa madrugada se había transformado en un lejano fantasma. Aun así, durante todo el día no pude dejar de pensar en la cara espectral flotando en la penumbra de mi estudio.

        Ahora que lo pienso, desde que empecé a publicar novelas he tenido que lidiar en más de una ocasión con visitantes extraños. Una vez, un señor llegó a mi casa y se inventó que yo había dicho una imprudencia para chantajearme. El señor no estaba loco. Todo lo contrario. Sabía lo suficiente de derecho como para bordear los parámetros de la extorsión punible al tiempo que intentaba colarse con astucia por la puerta trasera de mi psiquis. La gente así me llena de hostilidad e incluso de odio. Me basta entrar en contacto por un segundo con la vileza de sus intenciones para sentirme mal físicamente. El día que conocí al chantajista fue como si la maldad hubiera permeado mi piel dejándome un olor a ajo tan fuerte que me era imposible quitármelo de encima. 

       Esta vez había sido diferente. La cara pálida no me había olido ni un poquito a maldad. Por eso mismo no me provocó una sensación de hostilidad o amenaza. Cuando confronté en mi estudio a ese extraño y frágil intruso que sostenía una enciclopedia abierta en sus manos temblorosas, no sentí ganas de atacarlo con mi espada de kendo. No sobra decir que, si el joven se me hubiera lanzado encima, yo me habría defendido, tal vez con un tajo dirigido al antebrazo. Pero nunca me dio la impresión de que debía someterlo a la fuerza, a pesar de que él había violado la ley entrando a mi casa y era sin duda alguna un delincuente.

        No quisiera que mis palabras se interpretaran como una expresión de lástima o de algún otro impulso humanista. Tampoco tienen que ver con mi autoestima o, por lo demás, con mi vanidad, como si me dieran satisfacción las acciones de un loco que no solo no quiere hacerme daño, sino que se convence de que yo represento algún tipo de paragón de la virtud, y por eso mismo, a pesar de los constantes rechazos, se aferra a la idea de conocerme al punto de estar dispuesto de violar la ley. Mi afán de reconocimiento no es tan grande como para desear la adulación de un psicópata. 

        No. Lo que sentí es distinto. Esa mañana, a mediados de la temporada de lluvias, cuando vi cómo la cara fantasmalmente pálida de ese joven temblaba en la penumbra de mi estudio, en un lugar que me pertenece a mí y a nadie más, tuve la sensación de que estaba mirando mi propia sombra. 

        Con esto no quiero decir que en el pasado yo me haya comportado como un loco.  

      Nunca me he acercado a un escritor que admire sin que alguien me lo presente antes. Ni siquiera cuando tenía veinte años y sufría de fiebre literaria. Y evidentemente jamás he roto una ventana para entrar a la casa de un escritor que me ha rechazado ni he tomado de su estantería el volumen de una enciclopedia, ni más faltaba. Puedo decir con certeza que nunca se me ha ocurrido hacer algo de ese calibre. En general, jamás me he obsesionado con alguien más.

        Tampoco he estado en la órbita de la locura, ni he hecho un esfuerzo por comprenderla. Hasta ahora, un incidente o una psiquis solo me han interesado en la medida en que encarnen una coherencia lógica similar al orden que imponen las obras de arte; lo que amo de los personajes de ficción que están atormentados es que, en mi opinión, en ellos la coherencia lógica y el estado de estar poseídos son intercambiables. La coherencia lógica tiene la capacidad de volverse infinitamente irreal, pero aun así se mantiene lejos del terreno de la locura.

         Ahora, hay días en los que no puedo sino sentir que escribir novelas y entregarlas al mundo para que se vendan es una profesión excesivamente extraña y peligrosa. ¿Acaso qué es lo que irradio por medio del lenguaje? En los artistas existe cierto elemento que hace que se parezcan a los vendedores de licor. Los productos que ellos venden contienen alcohol. Si venden algo sin alcohol, es como si profanaran su profesión. En otras palabras, lo que venden es la borrachera. Una persona normal se compra una botella, disfruta de una noche de tragos, y uno o dos días después recupera la sobriedad. Pero existen otras posibilidades. Por ejemplo: un hombre se toma algo que parece nutritivo, sin saber que contiene alcohol, y termina ebrio. O: un hombre que no está en sus cabales se compra un trago, pero esa cantidad, que para otro sería normal, en su caso produce una borrasca aterradora.

       En todo caso, los policías no dijeron gran cosa sobre el joven. Alcancé a oír que el pueblo donde vivían sus padres quedaba lejos y que él llevaba una vida solitaria en Tokio, donde trabajaba en un periódico.

        ¡No me sorprendió! Aunque su tipo de locura podía tener algún componente genético, apenas lo vi me pareció evidente que ella había sido alimentada por la soledad. También tuve la certeza de que, si bien la locura se puede manifestar de muchas formas, en este caso mi escritura había sido un cómplice del malestar psíquico del joven. Si yo no hubiera sido novelista, no existiría la posibilidad de que él hubiese tomado la decisión de atentar contra mi privacidad. Es claro que sus delirios habían brotado de mis escritos. 

       Leer una novela es un acto solitario, como también lo es su escritura. Por medio de la palabra impresa, nuestra soledad penetra la soledad de otros que no conocemos. Jamás he tenido la oportunidad de presenciar esa misteriosa infiltración. Tampoco es probable que la oportunidad se presente más adelante. Pero, gracias al intruso, a su locura, siento que, en su cara sin sangre, pude contemplar la «cara del lector», que un autor jamás debería poder ver. (No se me olvida que en ese momento él estaba en realidad leyendo una enciclopedia). 

          No me cabe ni la menor duda de que yo, sin quererlo, había contribuido a la soledad que constituía la raíz de su locura. Garantizar la soledad de alguien más de esta forma es inquietante, pero sucede: existe algo en el trabajo de un escritor que repta y crece como una planta trepadora, y es indudable que esa sinuosa extensión había envuelto la soledad de ese joven para protegerla.  

        No sé cuánto fertilizante se necesita para que crezca tanta soledad, pero yo estaba seguro de haber aportado por lo menos una parte. Debieron haber pasado muchas mañanas, tardes y noches. La soledad, como moho, había cubierto la cara interior de sus cajones y se había propagado debajo de su tatami. Y ahí estaba yo, en todos esos lugares. 

         La gente demasiado solitaria siempre me ha producido cierta repugnancia. Les rehuyo, pero mi alma, que está presente en mi escritura, visita a este tipo de personas de noche y de día. Si pudiera escoger, preferiría vivir entre gente alegre y revoltosa, entre gente que ame la risa y los chistes. Pero, al parecer, tengo un segundo ser, un «yo» que desconozco y que lúgubremente recorre, como un funcionario gris en un traje raído, una casa triste tras otra casa triste. 

        La soledad arde en esos aposentos. Y su bacteria se había apoderado de la cara del joven. No hace falta sino un gesto o un desliz de la lengua para que ese tipo de personas se conviertan en un objeto de desprecio. Con el correr de los años, y antes de que ellos mismos lo sepan, su condición de apestados los termina aislando. (En el pasado, yo he conocido de primera mano esta soledad).

        Por ahora, con una pizca de afecto y con otra de desprecio, llamaré al intruso «mi joven amigo».

       Mi joven amigo se despierta en la mañana y probablemente se lava los dientes. Cuando se atraganta con la pasta de dientes, su boca se llena con la ceniza de la soledad. (También la conozco, por cierto). Entonces prepara miso-shiru, pero el líquido hirviente desborda la olla y quema la estufa. En ese momento, el olor de la soledad se cuela en su nariz.

        El inodoro, el tren atestado de gente, la caneca de basura, todo rezuma soledad. Si compra cigarrillos, salen húmedos y no los puede prender. Si apuesta en una carrera de caballos, el recibo termina en la papelera. Cuando llega al trabajo, el solvente de su mimeógrafo huele al fin de los tiempos. Cuando abre el cajón de su mesa, la soledad lo encara de frente. Y ahí siempre estoy yo, también. 

      ¿De dónde vino mi joven amigo? Como era de esperar, la policía no me dio su dirección. Aun así, poco a poco he llegado a la conclusión de que conozco la respuesta de esa pregunta. Vino de adentro de mí. Del mundo de mis ideas. 

        Tengo la convicción de que mi joven amigo es mi sombra y mi eco, pero yo no soy el relieve sencillo que él imaginaba. El ser de un novelista es un terreno expansivo. Si contiene aeropuertos, también contiene terminales de buses. Alrededor de la estación central, las carreteras se extienden en todas las direcciones: hacia distritos financieros y centros comerciales, hacia avenidas arboladas y barrios residenciales, hacia estaciones de trenes en los suburbios, viviendas de interés social, canchas de béisbol y teatros. He memorizado cada calle y cada callejón en cada rincón de mi ser, y el mapa detallado que he dibujado lo tengo doblado y a la mano.

       Pero hay una zona muy grande que siempre paso por alto y que permanece inexplorada. Desde niño la he ignorado, cuidadosamente dándole la espalda, pero de nada sirve negar su existencia. 

      Me refiero a la enorme tierra salvaje que rodea la metrópolis de mi ser. Sin duda alguna es una parte de mí, aquel yermo árido y remoto que no aparece en el mapa. En esa región, la desolación se extiende hasta el horizonte. No crecen árboles verdes o arbustos florecidos. Solo sopla un viento cortante, que cubre de polvo las piedras y luego esparce el polvo en el vacío. Aunque conozco la ubicación de esta tierra salvaje, hasta ahora he logrado mantenerme alejado. Aun así, de algún modo sé que allí estuve una vez y que algún día tendré que atravesarla de nuevo. 

        Evidentemente, mi joven amigo salió de esa tierra salvaje.

        Aún no sé qué me quiso decir cuando me pidió que le dijera la verdad, pero eso he hecho. He dicho la verdad. 

 

1966

 

 ***

 

*Traducción del inglés hecha por Christopher Tibble. El texto en inglés, que John Nathan tradujo del japonés, apareció el 4 de noviembre de 2024 en la edición impresa de la revista The New Yorker. 






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